27 febrero 2012

Tolerancia Treintaydos



Y detrás de unas rejas, como si fuera el lugar que la naturaleza le había regalado, se limpiaba las uñas. La rubia estaba en el auto. Yo me bajé para decirle que me movería enseguida. Era un sujeto pelón, tal vez calvo, se limpiaba las uñas. Le dije que me tomaría un momento. Me dijo que no. Y yo, en un acto de estulticia, moví el auto. Moví el auto porque la rubia estaba dentro. Moví el auto porque no quería tener nada que ver con un hijo de la Babilonia fallecida, una uña amputada de Vulcano. Moví el auto en defensa de lo que dijo alguna vez Bruce Lee en una entrevista: be like water, my friend. Y entonces busqué otro lugar, al final del día, era menos de un minuto. 
Pero los dioses vieron que la debilidad se había escondido detrás de ser como el agua y para un hombre cualquiera hubiera sido un acto común. Para mí no. Después del pelón, vinieron las torpezas de los conductores, la osadía de los cabrones que limpian los parabrisas por algunas monedas, la necedad de los viejos que conducen sus autos a velocidades inútilmente descriptibles; después vinieron los trámites y las filas y la idiotez del incapaz que tuvo que llenar su solicitud setenta veces siete sin que ninguna resultara; la fealdad de los agentes de Relaciones Exteriores y su eterna incapacidad para copiar mi nombre con K. Mi nombre es con K. Así, con K. Les resultó demasiado difícil copiarlo correctamente, tuvieron que avanzar como babosas por el tronco de un árbol para aprender, después de muchas repeticiones, que la chingada letra es K y no C y que las espinas no pienso traerlas nunca en la frente. Y vinieron las prohibiciones y las pausas.
Salí tarde para entrarme la misma vieja cantaleta. Una ciudad sin calles y llena de máquinas que impiden el paso. Una ciudad que está siendo reconstruida desde que presume de la democracia necesaria. La democracia. La misma democracia que le dio en la madre a cientos de negocios en 2006. La misma democracia que se ajusta según los tiempos, como un pantalón que se compra grande con el sueño de que un buen cinturón puede arreglarlo todo. Y todo es una imbecilidad y se ven los pliegues y las calles intransitables y el futuro se asemeja a un presente lleno de polvo y promesas que se ahogarán con las primeras lluvias: cualquier lluvia con sueños de diluvio arrasará con las calles de la Ciudad de México.
Y de nuevo la gente. La gente como ese conglomerado, esa masa sin forma que se esparce por unidades de dos pies y dos manos; unidades con boca y oídos y ojos. La masa que se transforma en la variante más específica de un virus completamente inútil y descuidadamente soñado como libro en la novela de Bradbury pero en hielo, el hielo que arde. Y ver al otro como la posibilidad de la amenaza, como el que piensa desde su trinchera y está esperando: sal, sal cabrón, nada más descuídate tantito y te va a cargar la chingada, vas a ver como te carga la chingada cabrón, nada más parpadea. Pensé en algunos insultos para el pelón que debe encontrarse detrás de la reja, pensé en envolverlo con imágenes, en hervirle el cerebro; y sin embargo, no me hubiera entendido, bestia pestilente, inmundo animal, mediano, mínimo. No se limpiaba las uñas, terminaba su desayuno.

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