21 febrero 2012

Strudel v.106.12: CH, CH, CH, CH



A mí CH me suena a loción y me suena a Carolina Herrera y a Carolina Adriana Herrera, pero no empecemos por el final. Por supuesto, el primero lo debemos a José Molina como una especie de misterio. El segundo se lo debemos a Diego R. como la pretensión de clarificar algo usando los recursos de la memoria de un México que ha dejado atrás. El tercero lo debemos de nuevo a José Molina, especificando que se trata del Catecismo Holandés. Yo no sabía que José Molina hablaba holandés y, de nuevo, para mi lo holandés sólo me trae a la cabeza: tulipanes, Artaud y su texto sobre Van Gogh y... y lo cierto es que sólo me trae a la cabeza el irreal nombre de Serena van der Woodsen de quien Diego R. tal vez tenga una noticia pero que negará, sin duda, y de quien José Molina no tiene noticia, aunque es sólo una especulación, porque José Molina es un gran lector y el nombre del personaje viene de un libro que escribió Cecily von Ziegesar.
Sin embargo, por supuesto, la idea de José Molina no era llegar hasta el extremo, sino dejar una reflexión poniéndola de esta forma: 
Un hombre es un ser que interroga constantemente la vida. CH
Y abunda más, porque cita a Platón y una de las ideas de la Apología (de Sócrates) y dice José Molina: una vida sin examen no es vivible para el hombre. Y entonces me viene el proceso de Kafka como dicen (que también es un cuento) que a Saulo le cegó una luz. Y creo que se pueden decir muchas cosas: muchas buenas, muchas malas, muchas de más, nunca de menos. Y sobre cómo tiene que ser este examen, si hay que prepararlo, si es para algunos o si lo pasan todos o si es mejor no hacerlo y reprobar o hacerlo mil veces y darse cuenta de que socráticamente la vida es más sabrosa porque siempre existe la recompensa de la cicuta que es como la malta pero mortal; o si es mejor no ser hombre y si hombre tiene que ver con la virilidad y con la razón y si ser sólo lo usa para no decir objeto animado o animación o lo que sea; o si el holandés no es una lengua en la que se pueda pensar o rezar o hacerle alguna modificación y, de nuevo, frente a la simple provocación del holandés, me viene otro nombre holandés de una mujer que trabaja en Chicago y con la que mi empresa tiene tratos y negocios y negociaciones pero no tratados, a lo sumo, tratamientos. 
Y la cuarta posibilidad, por razones de economía evito las que tiene que ver con la calcomanía de los coches y Cameron Highlands y las razones del abacedario, es la que me lleva a pensar en tres cosas derivadas de lo que pensaron José Molina y Diego R.: la primera es que no pienso en política y no pienso en política porque no me gusta mezclar trabajo con placer y porque me parece aburrido y porque el presidente de México no es buena cosa para recordar a altas horas de la mañana (eso explica que Diego R., quien está en otras latitudes y zonas horarias además e que está lejos de su casa y de su país, tenga la cabeza más propensa a pensar en lo que pasa en nuestro país, en México); la segunda es que, evidentemente, José Molina no quería tomarse la molestía del “CH” - en este momento Daniel G.G. a quien  no conozco ha manifestado el Corpus Hermeticum -, porque según recuerdo, le parece mucho más relevante el hecho de  interrogar la vida, tema que, por supuesto, tampoco es lo mejor para levantarse; y la tercera, otro día, con más calma.

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