
Amadeo Slavatierra apura el paso, las noches de la ciudad de México le prometen poco. Las grandes industrias terminaron con “Los suicidas”. Se le antoja un aguardiente y un tequila. Cruza una calle del centro. En la esquina una mujer de labores poco decorosas le sonríe con asco. Amadeo Salvatierra está demasiado sediento como para hacerle caso. Sale por Madero y se enfrenta a la gran pista de hielo. Hace algunos años le parecería una locura, pero ahora tiene sed. Cruza otra calle y luego otra. Se detiene en busca de una cantina desaparecida hace años.
Luego, dos fantasmas cruzan la calle. Lima y Belano, piensa. Camina sobre sus propios pasos y regresa al Eje Central. Entra en la Torre Latinoamericana y piensa en el ingeniero que la compró. Dos guardias le detienen a la entrada. ¿A dónde?, le preguntan. A Miralto, responde. Pásele. El elevadorista le ofrece una mueca. Llega al último piso. El elevadorista le dice que tome el otro ascensor. Amadeo Salvatierra se le queda viendo y determina, en segundos, qué clase de carta podría escribir un sujeto que se dedica a subir y bajar todo el día. Dice gracias y sale. Entra al otro elevador. Presiona un botón. Le recibe un mesero. El piso es más bien pequeño, una división crea el bar y el restaurante.
Se sienta en el bar y al tiempo se levanta so pretexto de conocer el lugar. Pide al mesero una copa de “Los suicidas”, rectifica: un “Cien años”, mejor. Abandona la mesa. El restaurante está casi vacío. Una pareja cerca de una ventana y al lado contrarios tres sujetos, dos con mezclillas y uno de traje. Amadeo Salvatierra se acerca más por saber qué dicen que por la vista. Uno de ellos, el más moreno, le recuerda a un poeta realvisceralista. No atina a decir quién. El poeta, como Amadeo lo llama, se queja del poco compromiso, de la poca seriedad, de lo importante que es tener a sus amigos reunidos, de la nostalgia, luego, del plan de vida, de la meta final, de la política, de su vocación, de la reunión del presidente. Los otros los escuchan y a veces lo interrumpen. Pero el poeta es implacable sueña. Un mesero se le acerca por detrás. Ya está su tequila señor. Gracias, la vista es magnífica. Se aleja de los sujetos y vuelve a su mesa. ¡Ah qué muchachos!, piensa, mientras regresa a su mesa, apura el tequila de un trago y deja unos billetes arrugados sobre la mesa.
1 comentarios:
Bolano...este teclado no tiene enies, asi que no cuenta...Roberto aca no existe, este teclado no tiene enies.
Esperando Santa Teresa, toma un abrazo.
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