
Evelia quería morir desde hace mucho tiempo. No sé si habrán sido siete o cinco años. Lo que sí sé es que un día, hace unos doce años, me contó un sueño. Ella estaba en su casa y veía una luz y la luz era dios. Dios le preguntaba si estaba lista, sólo le preguntaba si estaba lista. Ella sabía a qué se refería la luz, la luz que era dios, y sin mayor reparo le contestaba que sí, que estaba lista. Entonces el sueño se acababa y después de la respuesta de Evelia no había nada más, sólo el cambio de sueño o el despertar o lo que sea que en ese momento haya pasado.
Tuvo perros y viajes y comidas. Tuvo tanques de oxígeno y un millar de consultas médicas, seguidas de operaciones, muchas operaciones y cansancio, mucho cansancio. Yo no tuve mayor reparo en ver cómo envejecía. No tuve mayor problema en escucharla, en saber que se quería marchar y en verla comer dulces. La gente es así. Nace, vive, muere. Deja tras de sí el recuerdo de lo que fue, de lo que hizo. Evelia dejó hijos. Dejó perros. Dejó unos cuadernos llenos de letras que alguien, en algún momento, tirará a la basura. Por supuesto que si hubiera escrito en computadora sería más fácil recuperarlos.
Después del sueño, que recuerdo sin un ápice de olvido, no sólo porque había luz y la luz era dios, sino por la importancia de la pregunta, le respuesta y el silencio; después del sueño pasaron los años y el tiempo y la vida y la erosión provocada por todos estos elementos (y otros) la terminaron. La terminaron con perfume de flores y lágrimas, muchas lágrimas, qué mierda, basta con las que ella dejó en el camino.











