08 diciembre 2009

Nos vemos al rato viejita

Evelia quería morir desde hace mucho tiempo. No sé si habrán sido siete o cinco años. Lo que sí sé es que un día, hace unos doce años, me contó un sueño. Ella estaba en su casa y veía una luz y la luz era dios. Dios le preguntaba si estaba lista, sólo le preguntaba si estaba lista. Ella sabía a qué se refería la luz, la luz que era dios, y sin mayor reparo le contestaba que sí, que estaba lista. Entonces el sueño se acababa y después de la respuesta de Evelia no había nada más, sólo el cambio de sueño o el despertar o lo que sea que en ese momento haya pasado.

Tuvo perros y viajes y comidas. Tuvo tanques de oxígeno y un millar de consultas médicas, seguidas de operaciones, muchas operaciones y cansancio, mucho cansancio. Yo no tuve mayor reparo en ver cómo envejecía. No tuve mayor problema en escucharla, en saber que se quería marchar y en verla comer dulces. La gente es así. Nace, vive, muere. Deja tras de sí el recuerdo de lo que fue, de lo que hizo. Evelia dejó hijos. Dejó perros. Dejó unos cuadernos llenos de letras que alguien, en algún momento, tirará a la basura. Por supuesto que si hubiera escrito en computadora sería más fácil recuperarlos.

Después del sueño, que recuerdo sin un ápice de olvido, no sólo porque había luz y la luz era dios, sino por la importancia de la pregunta, le respuesta y el silencio; después del sueño pasaron los años y el tiempo y la vida y la erosión provocada por todos estos elementos (y otros) la terminaron. La terminaron con perfume de flores y lágrimas, muchas lágrimas, qué mierda, basta con las que ella dejó en el camino.

Joselito


Joselito sabía que el momento llegaría. Tenía una novia que no era novia pero tenía trato de novia. La figura es conocida: sales al cine, vas de paseo, asistes a fiestas, la presentas con tus amigos y conocidos y compañeros de trabajo. Es una novia sin que le preguntes: ¿Quieres ser mi novia? Ni que digas: ¡Vamos a ser novios! Sólo es pareja, amiga… Títulos hay muchos, lo mismo que historias. Conceptos, por el contrario, sólo uno. Joselito lo sabía, en el fondo lo sabía. Luego, ella se marchó y él, convencido de la amistad y esa bola de cosas que uno piensa para hacerse la idea de una falsa libertad, convino en que la amistad perduraría por siempre.

Luego comenzaron las llamadas y el “te extraño” y el “te quiero” y, por supuesto, la ruptura, ¿de qué? No sé. Joselito, en la superficie, sí. Y siguió su vida como quien compra piñas en un mercado. Un buen día conoce una chica. Se enamora. Pasa el tiempo. Según la libertad que presumía, tenía todo derecho. Y lo tuvo. La amiga, que no la otra (él no me permitiría el sustantivo), regresa. Le llama por asuntos de negocios. Ella no quiere verlo. Y él… Cuando alguien encuentra a otro alguien y tienen un sexo espectacular, las cosas sólo pueden marchar en el sentido sexual. Joselito quiere fornicar con esta mujer (pero no lo digamos, es un secreto). Se hablan por teléfono. Sin quererlo, la seduce para verla. Ella se niega. Él insiste. Ella accede, con la condición de que sea en un lugar neutral, público. Joselito es un hombre de negocios que sabe separar la obligación del placer, pero es un hombre al final del día. Un buen polvo es como un tatuaje en la espalda: no se ve diario a menos que quieras verte al espejo. Joselito sabía que el momento llegaría.

03 diciembre 2009

Hoy es jueves de…

Dormir y amanecer. Leer Los Detectives Salvajes en un terraza con un café espresso. Fumar y esperar el momento de un par de brazos alrededor del cuello y el aroma de la mañana y el de la noche y el café. Todo compacto en un sólo instante. El instante y la promesa de que duré mucho, como una fotografía, mucho, para siempre.

30 noviembre 2009

Jugo de Luna

Luna sabe a Chanel No. 5, a Chivas Regal y a humo. Sabe también a secretos y a noche. Al cálido licor de unos labios rojos, a música y a promesas ficticias. Promesas al fin y al cabo. Luna sabe a verdades a medias, a verdades ocultas, a mentiras. Las mentiras saben mejor que la verdad. Y las verdades, todas las verdades del mundo y del tiempo, saben a lo que sabe luna.

Luna sabe a charlas largas, interminables, llenas de noche y madrugada. Sabe al frío que se mete furtivo en un espasmo de tiempo y se cura con manos cálidas. Sabe a lugares comunes: artes plásticas y cine.

Luna sabe a ganas de todo lo demás, a ganas de no hacer nada y sólo mirar y mirar. A ganas de no dormir nunca y pasar la vida de noche, en compañía de la Madame Clicquot. Luna sabe a tatuajes y argollas. Y tiene un sabor como a lo que sabe la vida cuando está en otra parte o a una manzana en la oscuridad. Luna sabe a francés y español. Ácida, cual amazona furiosa de piel brillante.

26 noviembre 2009

Hoy es jueves de…

Algo nocturno con tintes de cereza. Algo tarde. Hoy es jueves de no llegar, de amanecer un viernes cualquiera en una playa cualquiera. Cualquier país, cualquier ciudad, cualquier momento en la hora veinticinco. Hoy es jueves de perversión insaciable, de todo o nada. Sólo perderse. Salir un día de cacería y no volver antes de veinte años.

20 noviembre 2009

La hoguera del encabronamiento: algunas cenizas

No leo más. Gasto mis noches en beber como Pessoa. Tampoco escribo. Me la paso viendo True Blood. Recomendación de hace unos seis meses, creo, la cual recordé en un momento entre que salía del trabajo y llegaba a ver a Maggie. Maggie es mi gata y tiene la panza abierta. Odio a los estudiantes que hacen sus prácticas en las veterinarias. Odio a las organizaciones que promueven el respeto a los animales y no se ponen de acuerdo, ni siquiera, en lo más elemental. Odio manejar treinta minutos para que un chamaco pendejo me diga: pus vamos a ver si cierra de segunda intención y vas a tener que venir pus, cada tercer día, sí, yo creo. Y dejo de trabajar, ¿no pendejo?

Por supuesto que mi encabronamiento crece cuando veo que no avanzo 2666. Pero si ya lo leíste una vez, dice un viejo conocido, como para animarme. No le digo nada, me parece muy pendejo el comentario. Luego crece más cuando no avanzo los Karamazov ni Joyce ni el medio kilo que tengo de revistas. Incluso me encabrona el hecho de que Paulina Rubio salga este mes en GQ. No me gusta y me vale madres la opinión de J. Depp al respecto. Luego viene la bonita cotidianidad, la estética de la costumbre. La tía Sebastiana dice que estoy “mala vibra”. Tía, por favor, no mame. “Mala vibra”, la fórmula también es una pendejada.

Luego me quedan los pocos y confusos sueños de las pocas y cansadas horas de sueño, para que ojos miel, que no me dejó irme con su amiga rubia – yo no sé por qué – me siga regañando cada vez que me ve y se ponga altiva y difícil y, si no fuera profesional, diría que un poco celosa. Mi terapeuta no me ha ayudado mucho. O no dejo que me ayude. O no quiero. El trabajo, pregunta, bien, respondo. La novia: bien. Los amigos: bien. Los sueños: bien, perdón, pocos. Las visiones: bien. El alcohol: bien. La escritura: bien. La lectura: bien. Por supuesto no me cree y se enfada.

19 noviembre 2009

Hoy es jueves de…


Tenga esa sed que no se quita con agua, ni cerveza, ni vino, ni whisky, ni nada. Hotel Plaza Athénée, París. Lienzo blanco. Escribir en la línea que divide la izquierda de la derecha. Amanecer un día y otro y otro más, sin saber que ha pasado el anterior o el pasado. Sin saber qué viene mañana, sólo con la promesa de saciar la sed.